Ayer me olvidé el cargador del iphone/ipod en el trabajo. Consecuentemente, cuando llegué a casa, me quedé sin batería. Y maldita la gana de pillar la moto y volver a por el dichoso cablecito así que opté por resignarme y buscar un plan alternativo a mi despiste. ¿Cuál es el problema? Que sufro de ciertas carencias logísticas: no tengo otro despertador que no sea el que tiene incorporado el dichoso móvil que, para aquel momento, había fallecido irremediablemente.
(¿Tanta tecnología para qué? ¿Eh? ¿Para qué? pues ya os lo digo yo: ¡Para nada!).
Mi compañera de piso e inestimable amiga, Lau, se ofreció para despertarme a las siete de la mañana y cumplió su palabra.
Y vaya que si cumplió su palabra: aporreó mi puerta con tal potencia que, no sólo me sacó de mis sueños y de la fase R.E.M. de sueño en la que me encontraba tan apaciblemente, no. Me CATAPULTÓ a una dimensión nueva de una hostia.
Hoy, a las 10.19 a.m. estoy escribiendo esto y ya voy por mi cuarta Valeriana.
Laura, cariño. Te quiero. Has humillado a todos los despertadores digitales del mundo con un puño.
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