Llego a la oficina, subo al ascensor y entran, tras de mí, dos hombres de traje con una mujer muy peripuesta. Uno de los hombres, que llevaba una mochila así medio de gym, medio de ir de fin de semana al campo, se pone a dar botes en el ascensor como si estuviese en un concierto de King Africa y eso, en un rascacielos, es un tanto incómodo porque bota-todo-el-ascensor. Yo, con la poca paciencia que me quedaba y medio acojonao, con las fuerzas que me quedaban le dije:
- Oye, disculpa ¿Te importa dejar de saltar? Es que se pone a botar todo el ascensor y no es muy agradable. Que me dan un poco de respetito estos ascensores, porfa…
El chico (que antes era un hombre y ahora un poco más niñato) mira con cara de “¿me está vacilando el niñato este?” a sus amigos en busca de un poco de aprobación y, al ver que no la recibe, dice:
- Tampoco es para tanto.
- Ya, pero me dan miedo estos ascensores y sólo te pido que no saltes, y por favor. Vamos, que cuando me baje por mí como si llamas a todos tus colegas del Circo del Sol y la liáis parda pero ¿te importaría, al menos, esperar a que me baje yo? –esbozo una sonrisa para quitar hierro al asunto para terminar con un – por favor.
Se abre la puerta del ascensor, salgo y, cuando no me tiene a la vista dice:
- Joder, qué mal está la gente.
Me volví a asomar.
- ¡¡GILIPOLLAS!!
si es que eres un borde tio. Solidarizate con los que tienen sangre de saltamontes
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