No me controlo. No me conozco. No me convenzo. No gano ni jugando contra mí mismo.
Nos vemos, quedamos para hablar. Yo, pedantemente altivo y orgulloso, me juro que no voy a terminar en tus brazos, como siempre (como siempre me juro y como siempre termino). Algún astro se ha empecinado en convencerme estúpidamente o estoy en la cuesta abajo del karma de la vida y me las están dando todas en el mismo carrillo. Es igual, si no me importa ni a mí ¿A quién va a importarle? Me prometo susurrándome, hablándole al cuello de mi camisa que me mantendré frío, que no voy a tocarte, que no voy a mirarte con cara de comerte de arriba a abajo y, finalmente, acabamos enredados como dos subnormales. Empezó con un beso, acabó siendo una noche en las que uno no sabe dónde acaban sus manos para dar paso a las tuyas… perdí la cuenta de las veces que te dije cuánto te deseaba, cuánto te había echado de menos para caer en la cuenta de que estabas de paso. Ya lo sabía, pero opté por engañarme. Hoy llevo la camiseta que te dejé para dormir, la huelo y sonrío. Seré imbécil.
Maldita tu piel, malditos tus besos, maldito tu puñetero olor y esa boca, que no me la quito de la cabeza. Maldito yo, porque no fui fuerte. Maldito hasta el último centímetro cuadrado de tu cuerpo, que conozco casi mejor que el mío.
Jamás pensé que me pagarían con la misma moneda y aceptaría el trato. Jamás pensé que sería tan patético de besarte intentando aprovechar hasta el último nano-segundo de ese momento. Tus labios, tu boca, tu piel… Jamás pensé que perdería un juego que yo mismo ideé y del que me sé hasta el último recoveco legal que se esconde tras sombras de sus reglas. Hasta la última trampa. Y yo he perdido.
Hoy no estás. Y no quieres estar. Me callo. Me siento. Me conformo. Me hago pequeño, más pequeño.
Todo pasa, de eso estoy más que seguro. Tristemente la experiencia me avala. Cosa que me consuela…
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