Esta mañana, como cada mañana, el despertador me recordó a las siete menos cuarto de la mañana que debía mover el culo y tirar para la ducha ya que me espera un largo día de trabajo.
Cada mañana, cuando salgo al salón, me acerco a mi pecera, le doy buenos días a Tiburcio (mi tiburoncito), quien me desea un día guay y me comenta que me esperará a la vuelta con ganas de comentarle la jugada.
Pero esta mañana Tiburcio no me pudo dar los buenos días.
Estaba tumbadito en el fondo de la pecera, con la boquita cerrada y sin dar espectáculo. Digno, discreto y educado hasta para morirse.
Os parecerá una chorrada, pues no es más que un pez, pero para mí era MI pez, mi tiburoncito, el motivo de muchas conversaciones, una preocupación y una responsabilidad… y un animalito precioso a la par que majo que me hacía llegar a casa con ganas de ver qué tal estaba.
Donde quiera que esté, estoy seguro que se ha sentido muy querido, cuidado y atendido y estoy seguro que sabe que, durante este año que hemos sido compañeros de piso, le he querido más que a muchas personas.
Tiburcio, ahora que te has ido a una pecera mucho más grande, te deseo la mayor de las felicidades y muchos, muchos, muchos, pero que muchos muchos pececitos de colores de mil sabores diferentes J.
Te quiero.
Raik.
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