Y es curioso, justo cuando más contento debería estar es cuando menos energías tengo para disfrutarlo. Caigo en el sofá cada día a las nueve de la noche como un saco de cemento empapado por la lluvia y me acuesto corrrrrrriendo a las diez y media (aunque me dan las once y media / doce leyendo en la cama) no vaya a ser que, a las siete de la mañana, me cueste arrancar). Llega el fin de semana y cada vez salgo menos. Lejos quedan los días de borracherillas con los amigotes, paseos por el centro y tonteos a diestro y siniestro… no me apetece. Tengo la lívido a la altura del de Kafka y las ganas de hacer otra cosa que no sea estar tirado en el sofá tapado por mi enorme manta van creciendo escandalosamente, qué asco. Yo no soy así.
Me odio.
Algo bueno es que, tecnológicamente, estoy que lo tiro. Me han regalado una Tablet, he cambiado a iPhone 4, tengo cuatro juegos sin estrenar de la Play 3… en el plano ocio tengo mil libros que me quiero leer y mil tonterías que quiero aprender mientras curro, grabo, voy al gym, llevo la casa… ¿Os dais cuenta de lo estresante que suena algo de lo que debería disfrutar? Joder, que suena a obligación. Normal que caiga en el sofá y no quiera hacer nada de nada.
¿Cómo se sale de este bucle? Por Dios que alguien aborte el invierno y me chute en vena un par de Agostos a ver si, por esas, me animo un poco.
Mi propósito de año nuevo tiene que ser, al menos, escribir un texto alegre, ingenioso y gracioso (como los que solía escribir) al menos una vez por semana.
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