He llegado a la conclusión de que quiero estar loco. Sí. Loco como una cabra, loco como una puta regadera, y loco como todo lo loco que puede estar alguien que pone esto en un blog un viernes a las doce de la noche en lugar de estar follando por ahí con algún ligue puntual, de fiesta con sus amigos y no actualizando esto, rallándose por tonterías y estudiando para asegurarse un futuro que es absolutamente incierto para todos. Quiero perderme en el abismo que separa locura de cordura. Realidad de ficción. Justicia de subjetividad. Ese abismo que para muchos está en el quinto pino, para otros no es más que una línea que están hartos de sortear y que, para mí, ha de ser un abismo, mi barrio y mi morada. Sólo para mí.
Ah y, puestos a pedir, quiero ser tonto. Tonto no, imbécil. Quiero tener la memoria de un pez, la indiferencia de un geranio y el raciocinio de Belén Esteban. No quiero tener, en ningún momento y bajo ningún concepto, ni la más remota noción de peligro, responsabilidad, amor, cariño, condescendencia ni amistad. Nada. Quiero ir a lo mío, sólo a lo mío y, cuando todo se acabe, que me entierren. O que me quemen. Me da igual. Porque, visto lo visto. Es mejor jugar la vida en modo "one player" y en plan gangsta que ir de bueno, no vivir y, cuando menos te lo esperas, que la vida te la clave sin condón, sin lubricante y, lo que es peor, sin previo aviso.
Cuando lo consiga no hará falta que os lo diga, porque lo veréis. La imagen que me he currado hoy, como todas las anteriores, explica claramente cómo me siento: como un gilipollas que va de diferente por la vida pero no hace otra cosa que dar la nota, llamar la atención y gastar energías. Siempre me digo que voy a cambiar, nunca lo consigo. Puñetas.
¿O quizás los locos son los demás? Ya no sé. Que alguien me lo aclare que hoy estoy demasiado introspectivo.
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